Indiferencias múltiples

09Jamás había sentido, a la vez, tal indiferencia de sí mismo y mi presencia en el mundo.”

Albert Camus

 

 

Detachment (o su traducción al español, Indiferencia) es una película estadounidense, dirigida por Tony Kaye en 2011[i], que nos invita a reflexionar sobre las prácticas docentes y la ética profesional.  Narra la experiencia de Henry Barthes, un profesor sustituto de literatura, que genera buenos vínculos con sus estudiantes basados en el respeto, la empatía y el cariño. Cuando llega a la escuela, donde reina la apatía y la frustración de los actores que la integran debido a una fracasada administración, no tarda en llamar la atención de los estudiantes y colegas dejando huella con su paso breve.

El film comienza con el relato de la experiencia del Prof. Barthes, narrado en primera persona, en un tono desolador: “es curioso, paso mucho tiempo intentando no enfrentarme. No tener que comprometerme. Soy profesor suplente. No me piden que enseñe. Sólo debo mantener el orden, asegurarme de que nadie mate a nadie hasta la clase siguiente.” Su corta permanencia en las instituciones educativas entorpece su integración, apropiación y sentido de pertenencia. Su función se reduce a disminuir al mínimo posible los comportamientos disruptivos de los estudiantes a cargo. Luego, Barthes agrega: “la mayoría de los profesores aquí creían que podían cambiar algo. Sé lo importante que es tener alguien que nos oriente y nos ayude a comprender la complejidad del mundo en que vivimos. La verdad es que no lo tuve mientras crecía.” Barthes es hijo único, criado por su abuelo tras el abandono de su padre y la muerte de su madre debido a una sobredosis. Resulta notorio cómo el niño que fue aún lo habita y dialoga con esos otros niños y niñas que va encontrando a su paso. Quizás ahí radique el secreto de la empatía que genera con tanta facilidad dentro y fuera del aula, esa “capacidad de entender los sentimientos y la perspectiva del otro y usar ese entendimiento para guiar las propias acciones.”[ii]

Siguiendo lo anterior, el pedagogo José Luis Rebellato, señala que “el paradigma de la complejidad es también un paradigma de la diversidad y de la multiplicidad. Nos propone pensar y actuar en redes; es decir, en formas de organizaciones más complejas, que se retroalimentan, que desarrollan vínculos afectivos, que fortalecen las identidades. (…) cumple un papel muy importante lo emotivo: lazos afectivos, identidades y comunidades.”[iii] Según su razonamiento, la dimensión interpersonal de la experiencia resulta fundamental en la construcción de propuestas pedagógicas que faciliten la compresión de la realidad compleja y, en consecuencia, permita a los estudiantes tomar cierta distancia crítica y disminuir el nivel de angustia que los agobia.

La escuela, objeto de nuestro análisis, se caracteriza por el bajo rendimiento académico, el comportamiento disruptivo de sus estudiantes, las medidas disciplinarias que alcanzan la expulsión, una comunicación áspera con las familias y un alto nivel de malestar institucional. Frente a esta situación desoladora, Barthes reflexiona: “los chicos no prestan atención. Están aburridos. ¿Cómo es posible atraerlos con la literatura clásica si no creen que uno tiene algo significativo para compartir?”. Si bien no encuentra respuestas, se predispone para la tarea durante el mes de suplencia que le ha tocado en suerte.

En ese contexto, uno de los primeros episodios conflictivos que debe afrontar es la agresión a Meredith, una de sus estudiantes que, debido a su sobrepeso y personalidad introvertida, es sistemáticamente violentada por sus pares. Para canalizar su angustia, la jovencita se expresa a través del arte: pinta, saca fotografías, realiza composiciones, etc. En su hogar, sus padres la cuestionan porque sus obras suelen ser perturbadoras e intentan desanimarla: “ya estoy harto de los proyectitos de arte. No sirven para nada. (…) Si te arreglas el pelo y pierdes algo de peso… ¿quién sabe si no atraerías a un buen chico?”. Mientras tanto, la muchacha transita una intensa depresión que le trae como consecuencia algunos desórdenes alimenticios que afectan sus relaciones interpersonales y la integración grupal. Si bien Barthes intenta contenerla, su intervención resulta insuficiente y Meredith toma decisiones desacertadas que terminan acabando con su vida: “el suicidio es una solución permanente para un problema temporal. Ya lo diré. Me llamo Meredith y voy a suicidarme”.

Otro de sus desafíos es Erica, una jovencita que conoce en un ómnibus, después de ser agredida y lastimada por uno de sus clientes que se niega a pagar sus servicios sexuales. La muchacha coquetea con él sin éxito, lo sigue y le pide alimentos. En un gesto de compasión, Barthes la invita a cenar a su casa y termina curándole las heridas producidas por las reiteradas violaciones. Finalmente, ella se hospeda en su morada y la acompaña a realizarse el test del HIV[iv], hasta que el desborde de Barthes lo lleva a dar intervención al servicio social para que le asigne un centro de acogida temporal. Erica parte hacia la institución sumergida en una incontrolable angustia.

Cabe remarcar que Barthes carga con una infancia difícil: es abandonado por su padre cuando era muy pequeño, su madre muere a causa del consumo problemático de sustancias y es criado por un abuelo culposo a quien interna en un geriátrico debido a su imposibilidad de autocuidado. Ese niño que aún lo habita emerge a lo largo del film y parece dialogar con sus estudiantes desde el dolor que los interpela. A propósito de ello, Barthes refiere que “todos tenemos problemas, cosas que resolver. Los llevamos a casa por la noche y los llevamos al trabajo. Creo que el desamparo, la convicción, el presentimiento de ir a la deriva en un océano nos roba la seguridad de que podríamos ser los que sembraríamos”. Aquí aparece una creciente necesidad por parte de los docentes de desarrollar cierta inteligencia emocional[v], entendida como la capacidad que tiene una persona de manejar, entender, seleccionar y trabajar sus emociones y las de los demás con eficiencia, para afrontar con mayor entereza y distancia crítica las situaciones conflictivas que se presentan en el aula. Barthes agrega que “todos necesitamos algo para distraernos de la complejidad y realidad. Nadie quiere pensar de dónde viene. Nadie quiere pensar en la lucha necesaria para ser alguien, para salir del océano del dolor del que todos debemos salir”. Por último, hace una afirmación ético-política por demás contundente cuando refiere que los educadores y educadoras “tenemos la gran responsabilidad de guiar a los jóvenes para que no acaben viniéndose abajo, que no se queden en el camino, que no sean insignificantes”.

Tras la muerte de Meredith, en una de sus últimas clases en esa escuela, Barthes pregunta a los estudiantes: “¿cuántos han notado el peso aplastándolos? Uno a uno comienzan a levantar las manos y continúa: “¿todos? Pues bien, Poe escribió sobre esto hace más de cien años. Por eso, al leerlo nos daremos cuenta de que la Casa Usher no es únicamente un viejo castillo decrépito. También es un estado de ánimo.” Los estudiantes observan en silencio mientras comienza la lectura: “durante ese apagado, oscuro y silencioso día de otoño de aquel año mientras las nubes se cernían opresivas en el cielo, había cruzado, solitario y a caballo un entorno especialmente lóbrego. Y por fin, cuando las sombras del atardecer se alargaban, pude divisar la melancólica Casa Usher. Ignoro por qué, pero nada más descubrir el edificio, una insufrible tristeza se apoderó de mi espíritu. Contemplé el sencillo paisaje de la mansión, las paredes sanguinolentas, los troncos blanquecinos de árboles enfermizos, con total depresión del alma. Era una frialdad, un decaimiento, un malestar del corazón.”[vi]

Inmovilizados por su propia frustración, los docentes observan a estos jóvenes regocijarse en las miserias humanas que afloran en las diversas situaciones problemáticas. El malestar docente parece incrementar la indiferencia que los jóvenes sienten, ensanchando el distanciamiento y la incomprensión entre ambos actores. Por su parte, la directora parece más preocupada por cuidar su cargo que por las necesidades educativas de los estudiantes en el marco de lo que ella misma considera un estado de situación irreversible. Permanece indiferente ante el malestar institucional generado por las magras condiciones de estudio y los resultados mediocres. Finalmente, los funcionarios que visitan la institución en un gesto de demagogia reproducen esa indiferencia situando la responsabilidad de los resultados obtenidos en la figura de la directora a quien deciden jubilar a fin de sacarla del juego. La indiferencia no es sino múltiple.

Roxana Rodríguez

Buenos Aires, 6 de enero de 2017.

[i] Ficha técnica de Filmaffinity http://www.filmaffinity.com/ar/film831815.html

[ii] Asociación de Emprendedores Sociales Ashoka http://argentina.ashoka.org/m%C3%A1s-empat%C3%ADa

[iii] Rebellato, José Luis, Etica de la liberación, Editorial Norman, Montevideo, 2000, pág. 44.

[iv] Virus de inmunodeficiencia humana causante del sida , Real Academia Española (RAE), http://dle.rae.es/?id=boT2U1G

[v] Goleman, Daniel, Emotional Intelligence,1995, pág. 43-44.

[vi] Poe, Edgar Allan, La caída de la casa Usher, EE.UU., 1839.

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